
“Los viajes son como las borracheras, te sacan de una realidad y te llevan a otra, donde se camina por lugares y sentimientos llenos de asombro. Después, al amanecer no se recuerda casi nada. Apenas un viso de alegría en medio de tanto olvido y oscuridad…”
Eso apunta Eduardo Zambrano en su libro Reincidencias y como las conjeturas sobre su devenir existencial no se caracterizan precisamente por apoyarse en postulados sistemáticos, ni están vertidas en el lenguaje fisicalista que propuso Rudolf Carnap, su parecer acerca de la inutilidad de los viajes pierde solidez de un día para otro y como oveja descarriada que tiende al monte, su memoria ingiere y asimila las lecturas depurativas que curan su aflicción infundada, y así Lalo ya alivianado vuelve al retiro que lo aísla del ajetreo mundano, una vez más trepa al escondite que llama Fortín del Solitario, toma papel y lápiz y escribe para bien de sus lectores sobre los instantes memorables de aquellas andanzas en lejanos países antes de entregarlas al olvido total al que parecían estar condenadas cuando el poeta dejó el taxi que lo llevaba del aeropuerto a su casa donde le esperan las faenas rutinarias que lo ligan al trabajo y la familia.













